En la playa de Sidi Kaouki, en la costa, cerca de Essaouira, el anochecer es un regalo. Estuve allí cuando el día bosteza y la noche asoma. Y el cambio de turno fue como un baile lento. Él día empezó a recoger, cansado; ella, la noche, recién arreglada, se anunciaba dispuesta a mostrar todo su esplendor. Uno se iba, otra llegaba. Despacio. La noche, coqueta, inició su filtreo con el cielo. Fue ganándole espacio y colocando sin prisa las estrellas, lentejuelas brillantes de su cálido manto. Y el cielo se dejó cubrir, asombrado, ingenuo, como si fuera la primera vez. Noche de bodas repetida una y mil veces desde el origen del tiempo. Estallido de luz, simbiosis perfecta. Estuve allí cuando la noche enamoró al cielo, una vez más.

Marga

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