Cuando el estrés, las prisas, las dudas, los imprevistos, los horarios, los papeles, la multitud, las colas y el cansancio se apoderan de mi, cierro los ojos…y vuelvo a estar allí.

Camino entre las dunas del desierto, frente a un atardecer que tiñe de rojo el horizonte, mientras me envuelve un silencio delatador que permite escuchar los latidos de mi propio corazón. Hundo los pies en la arena, y siento paz.

Me pierdo de nuevo en los bazares, saboreo las fragancias, me deleito con los colores, las telas, los sonidos, las luces. Sonrío mientras escucho los solemnes cánticos de los minaretes, y me siento viva.

Contemplo a los comerciantes y los artistas, a las mujeres y el rubor de sus velos, a los niños sonrientes que revolotean a mi alrededor. Siento sus manitas cogiendo mis dedos, sus anhelantes ojos que me observan.

Me invade la dulzura del viento, el calor de las calles, la harmonía de una puesta de sol eterna. Y siento la esencia de un lugar que tiene magia, sin secretos.

Si no has estado, querrás ir, y si has ido, querrás volver.

Elena López.

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